Intuiciones que se vuelven preguntas…

1. Me propongo explorar -pues siento que hace falta, o al menos a mi me hace una enorme falta- algunos elementos que me permitan contribuir a responder -junto con quienes eventualmente deseen establecer una conversación conmigo- la pregunta ¿Qué está pasando?

Es esta una pregunta de un gran nivel de generalidad. El sentido común recomendaría no comenzar por ahí, pero para mi es necesario hacerlo pues, si carezco de un marco de intelección más o menos general, aunque provisional, aunque defectuoso o esquemático, para orientar la comprensión de los sucesos y la organización de la información; definitivamente quedo paralizada en la vital necesidad de orientarme en el mundo para actuar en él con eficacia, es decir, de acuerdo a un propósito más o menos claro.

Una idea que se ha vuelto común -en ciertos ámbitos- es que estamos viviendo un momento de guerra de los estados -y del poder corporativo-financiero-militar- contra nosotros, contra los ciudadanos de los distintos países, contra los pueblos indígenas y no indígenas que habitamos el mundo, contra las tramas asociativas, colaborativas, comunitarias a veces que nos esforzamos para reproducir la vida. Sin embargo, la idea de guerra quizá no sea tan útil (como señala Pilar Calveiro) en tanto remite a dos bandos o posiciones claramente definidas que se confrontan. Y esto ocurre y al mismo tiempo no ocurre plenamente. En ocasiones lo que una percibe, más bien, es que se desarrolla una especie de campaña generalizada de conquista, como una ofensiva global de destrucción de mucho de lo logrado como sociedad en otras luchas pasadas; como una ola de asalto y aniquilamiento de todo lo anteriormente poseído y/o disfrutado individual y colectivamente… Esta sensación me sitúa en la necesidad de tratar de responder a la pregunta ¿qué está pasando?

2. Para comenzar a responderla, el camino que he elegido es tratar de entender algunos hilos claves del, digamos, “patrón de dominación” contemporáneo en el que habitamos y donde desarrollamos nuestras vidas y nuestras luchas. Claramente el año 2001 marca un hito si una se propone abordar esta temática. Brevemente, mis intuiciones son las siguientes:

a. A partir de 2001 la distinción fundamental que se impone y se reproduce desde el poder global -ie, la categorización básica ordenadora de la realidad -el par analítico contradictorio que organiza nuestra comprensión de los eventos- es la distinción “criminal/no criminal”.

b. Este par binario de organización de la comprensión del evento social promovido desde el estado, el poder corporativo-trasnacional y reproducido ad nauseam por los medios, mueve el criterio de clasificación básico desde la -antiguamente generalizada- categorización de los estados (estados de derecha o de izquierda, autoritarios o democráticos, etc.) hacia el predominio de una categorización/distinción inserta dentro de la sociedad: aquellos que son criminales/aquellos que no lo son. Esta operación, como agudamente señala Silvia Federici, opera produciendo y dando lugar a una primera segmentación-separación entre “la gente”. Las separaciones de este tipo siempre han sido un artefacto básico de la dominación. Pensemos en la criminalización de grupos cada vez más amplios: de los inmigrantes en los países más ricos y de los migrantes en los países de tránsito, de quienes protestan, de los jóvenes, de quienes no se sujetan -sin protesta- a reglamentos y normativas de todo tipo…

c. Ahora bien, el desplazamiento de la atención de las contradicciones desde el capital y los estados hacia la sociedad, a partir del par ordenador mencionado, desenfoca y obstruye la comprensión del fenómeno político -en los cánones heredados del siglo XX. Situando, enfatizando y reiterando el lugar de la confrontación básica entre partes contrapuestas de la sociedad: los criminales y los no criminales, el poder global consigue dos efectos de realidad. Por un lado, borra la atención (saca del foco de la atención pública -o lo había sacado hasta hace poco) la cuestión de la mucho más real e inmediata confrontación (sentida sistemáticamente) entre quienes concentran la decisión y usufructo sobre la riquezas material existente y quienes no tienen lugar en la producción de tales decisiones (más allá de la ocasional ilusión del voto). Por otro, produce tendencialmente un criterio de “igualación” perverso: los criminales son básicamente eso, criminales. Ningún matiz, “rigor de la ley”, “tolerancia cero”. Y más nos vale a cada quien estar atentos para no caer en esa calidad “maldita”: rigidez de la ley, apego formalista a la legalidad, aplastamiento de cualquier discusión sobre justicia y, por supuesto, todo tipo de reglamentos y disposiciones que nos empujan a cada quien, de alguna u otra forma, hacia el lugar de la “criminalidad”, son corolarios derivados de la ordenación de la vida social a partir del par “criminal/no criminal”. (Es bajo este mecanismo como, por ejemplo, Néstora puede ser tratada como secuestradora y equiparada a los sicarios de cualquier otro “grupo criminal” en desgracia).

d. El artefacto discursivo consistente en instituir como distinción básica el par contradictorio “criminal-no criminal” -y más que artefacto discursivo, sobre todo artefacto tanto cognitivo como práctico- tiene al menos otros dos efectos inmediatos en la realidad:
* Permite la auto-garantización, la auto-legitimación del núcleo duro del estado destinado al “combate a la criminalidad”. Fluyen recursos que no pueden cuestionarse, se modifican leyes que limitan derechos en tanto establecen la obediencia como único criterio de relación entre ciudadanos y gobernantes “por el bien de los ciudadanos”, se amplían prerrogativas de abuso y violación de derechos contra lo que fueron las libertades civiles y garantías individuales, ya no digamos contra lo que fueron derechos colectivos. Desde el núcleo duro del estado que “combate a los criminales” se organiza el asunto político. Los ciudadanos -“no criminales”- requerimos ser protegidos, argumentan. Esa es la columna vertebral del artefacto de dominación. Y si para protegernos también se requiere que seamos sitemáticamente evaluados, vigilados, tutelados, minorizados…  ¡¡Eso no importa!! Antes que cualquier cosa necesitamos “ser protegidos de la amenaza criminal”. La piedra comienza a rodar y se convierte, pronto, en una avalancha incomprensible. ¡Y aquí estamos, habitándola!
* Produce (o ha producido durante largos años) la inmovilización, la parálisis, la confusión porque coloca a la sociedad “no criminal” -a quienes temporal y provisionalmente caen en ese segmento- como conjunto pasivo que necesita ser protegido. Por lo cual, este segmento, admite pasivamente (o no tan pasivamente, pero termina sin ser capaz de subvertir la idea básica de) que requiere ser protegido. Se nos instala en la impotencia, pues. “Víctimas potenciales”… y más “seguridad” (es decir, más poder a los que “nos protegen” de la “amenaza criminal”)… ese es el círculo vicioso desatado.

e. Este marco básico de composición de sentido, perverso, tiene claramente una conotación militar -por eso el lenguaje belicista y nuestra sistemática sensación de estar en medio de una guerra- en tanto busca estructurar un dispositivo de dominación de largo aliento. Lo que ocurre entonces, creo, es una guerra -entendiendo la palabra en su más amplia acepción-en tanto hay una acción general del poder corporativo-trasnacional-estatal (valdría la pena afinar un término adecuado para nombrar “esto”) que busca imponer -no únicamente por medios armados, aunque esto último sea cada vez más central- un objetivo sobre la sociedad. Así, discrepando con Calveiro lo que hemos visto desarrollarse por el mundo y, con fuerza intensa en México, puede entenderse como una guerra entre ese poder (del complejo militar-industrial, de la industria de la guerra actualmente en manos privadas, de los estados imperiales y sus socios nacionales) contra la sociedad -o mejor, contra las distintas sociedades que pueblan los estados nación. Sin embargo, coincidiendo simultáneamente con Calveiro, todo lo anterior no es exactamente una guerra sino, más bien, una amplísima maniobra militar de conquista -de re-conquista- por el poder del capital más poderoso, de todos y cada uno de los ámbitos de libertad, derechos, autonomía y bienestar consolidados a lo largo de las luchas del siglo XX. Los zapatistas, con agudeza, habían ya propuesto, hace años, esta clave analítica hablando de IV Guerra Mundial.

Hasta aquí este hilar intuiciones por lo pronto. Por lo demás mientras nosotros -me refiero a la sociedad en su conjunto, es decir, a los que no somos ni el 1% que acumula la riqueza global ni las bandas armadas que los defienden y que lucran bajo su dominio- mientras más nos tardemos en pulir claves de comprensión abarcativas para lo que está efectivamente ocurriendo en su complejidad; no alcanzaremos a establecer líneas efectivas de defensa -de “auto-defensa”- de nosotros mismos… autodefensa discursiva, cognitiva, práctica, etc.- para detener y subvertir este mortal dispositivo de muerte, obediencia, tutela y despojo.

Intuyo también que pensando lo que ocurre actualmente como una lucha a fondo contra el par “criminal/no criminal” (y la insoportable versión de realidad construida a partir de él) es posible entender, también, por qué las luchas que se han generalizado y que siguen perseverando por la presentación con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa, luchas variadas, contradictorias, heterogéneas, polifónicas… son tan importantes, tan valiosas y tan vitales. En la noche trágica de iguala se hizo presente toda la basura y confusión oculta por el dispositivo político de estructuración de la realidad construido sobre el par “criminal/no criminal”. El fundamento de tal dispositivo estalló bajo la fuerza de las luchas que se han abierto paso para repudiar la matanza y la desaparición:  la distinción “criminal/no criminal” como par ordenador -y justificador- de las acciones del Estado, es falso. Por eso el edificio argumental (discursivo y cognitivo) de toda esta construcción se está desmoronando. ¿Cómo evitamos o sorteamos las maniobras distractivas de emergencia -tipo el juego electoral? ¿Cómo continuamos profundizando el desmoronamiento del poder de muerte que nos envuelve?

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