Sobre la autorregulación

 

 

Raquel Gutiérrez Aguilar

I

 El significado del término

“Autorregulación”, según el diccionario, es la “acción y efecto de autorregularse”. Y “autorregularse” significa “regularse por sí mismo”.

Necesitamos, por tanto, indagar en el término “regular” a fin de esclarecer el significado de “regularse”. “Regular” presenta, según la misma fuente, dos acepciones: una como adjetivo que remite a lo uniforme, a aquello que tiene condiciones medias, a lo “cúbico” -en cristalografía- y a aquello que tiene lados y ángulos iguales -en geometría, etc. Y otra como verbo que, a su vez, tiene varias connotaciones: “medir, ajustar … poner en orden una cosa, ajustar el funcionamiento de un sistema a determinados fines, determinar las reglas o normas a que debe ajustarse una persona o cosa”.

Para los fines de nuestro interés, es decir, para discutir aspectos del significado del término “autorregulación” en contextos sociales elegiremos, de entrada, la acepción de “regular” como verbo y lo asociaremos a las ideas de ajuste, de equilibrio y de regla. En tal sentido, entenderemos lo relativo a la “autorregulación” como la acción -y efecto- de determinar por sí mismo las reglas o normas a que debe ajustarse una persona o cosa, o ajustar el funcionamiento de un sistema a determinados fines igualmente establecidos por sí mismo.

Antes de proseguir, vale la pena establecer con claridad que si bien el verbo “regular” no necesariamente establece una relación reflexiva -ie, una relación que el sujeto del verbo realiza sobre sí mismo-, efectivamente admite esa posibilidad. Y tal calidad reflexiva es lo que distingue al término “regular” de “autorregular”. Aclarando: si bien la regulación puede ser entendida como una acción reflexiva o no reflexiva, es decir, determinada interna o externamente, que busca “determinar reglas o normas a que debe ajustarse una persona o cosa” o, en caso de referirnos a un sistema “establecer los fines a los que debe ajustarse”; lo que distingue a la autorregulación es la calidad interna de tal determinación de reglas y normas, o de fines a los que se ajusta el sistema en cuestión; todos ellos son establecidos por el mismo sistema o por las mismas personas que se ciñen a las normas y persiguen los fines.

Resulta claro entonces, que la noción de autorregulación está fuertemente vinculada con la idea de autonomía en tanto capacidad -de una persona, conjunto de personas o sistema- de dotarse de sus propias normas. La autorregulación sería pues, en el sentido que voy a sostener, algo así como “la dinámica de la autonomía”, es decir, la posibilidad y capacidad -de personas, conjuntos de personas o sistemas- de modificar, ajustar o equilibrar a lo largo del tiempo las normas a las que han de ajustarse y/o los fines que se proponen alcanzar.

II

Más allá de este inicial análisis del significado de “autorregulación”, y antes de discutir cuestiones específicas sobre la “autorregulación social” y la “autorregulación política” conviene hacer dos cosas. Por un lado, resulta necesario introducir y discutir algunas definiciones de ciertas nociones de las ciencias naturales que están fuertemente relacionadas con la idea misma de autorregulación. Las nociones que conviene aclarar someramente son las siguientes: sistemas complejos, propiedades emergentes y auto-organización o autopoiesis como suele decirse en relación a sistemas vivos.

Los sistemas complejos son, en primer lugar, sistemas, esto es, configuraciones de elementos relacionados entre sí, que delimitan un perímetro -que puede ser poroso- y cuyos enlaces o conjunto de vínculos internos diagraman una determinada forma. Son, además, sistemas abiertos, es decir, que intercambian -materia, energía, ambas- con el exterior de sí mismos. Para nuestros fines, conviene poner atención en la calidad dinámica de los sistemas abiertos; es decir, en los sistemas cuyos elementos constitutivos realizan intercambios -de materia, información, energía, etc.-, tanto internamente como con el exterior, que pueden ser descritos por una dinámica. Por otro lado, la complejidad de un sistema, de manera muy esquemática está dada por la calidad no lineal de su dinámica interna y porque tales sistemas exhiben (o crean, o adquieren) propiedades emergentes[1]. Algunas clases de sistemas complejos, por ejemplo los sistemas vivos, tienen además la capacidad de auto-organización (o de autopoiesis) en tanto, a través de la recurrencia en los intercambios que realizan sus elementos entre sí y con el exterior, alcanzan cierta estabilidad dinámica y configuran patrones de organización -formas; por lo cual se dice que tales sistemas son auto-organizados en el sentido de que no hay ninguna fuerza externa que los genera, sino que, más bien, se producen u organizan a sí mismos a través del modo como se establecen vínculos entre sus elementos constitutivos y entre el conjunto de estos y el exterior.

Aquí es donde encontramos, por fin, el término autorregulación; tal cosa es lo que los sistemas complejos hacen para estabilizar su dinámica interna, es decir, la dinámica de los intercambios entre sus distintos elementos constitutivos y con el exterior a partir, no de ninguna fuerza externa sino desde sí mismos, se ajusta o regula a los “fines” fundamentales del sistema, que por o general consisten en su conservación como tal: como conjunto internamente organizado de vínculos dinámicos .

Cabe notar que no estamos afirmando, de ninguna manera, que lo sistemas complejos -en general- son una especie de artefacto mágico que se piensa a sí mismo para luego dotarse de forma y establecer fines. Más bien, lo interesante de los sistemas complejos es que se generan a sí mismos a partir de sus intercambios internos y con el exterior -es la dinámica de sus intercambios la que los constituye como sistemas; y, en la recurrencia de tales intercambios ajustan -generalmente optimizando- los patrones a través de los cuales tal dinámica se lleva a cabo hasta alcanzar cierta estabilidad dinámica. La capacidad de autorregulación sería entonces una propiedad de ciertos sistemas complejos, de su dinámica. De ahí que los sistemas complejos, en particular los sistemas vivos -que son sistemas complejos muy interesantes- a partir de su capacidad de autorregulación, simultáneamente se conservan y se transforman a sí mismos: se conservan pues, por lo general, reiteran la dinámica que los distingue y caracteriza -es decir, llevan adelante los intercambios de la misma manera a través de la cual alcanzaron estabilidad dinámica; pero al mismo tiempo, en caso de alteración de las condiciones de intercambio con el exterior, tienen también la capacidad de realizar modificaciones a sí mismos, a fin de alcanzar nuevos equilibrios. Un ejemplo muy sencillo para entender lo anterior y fácilmente observable sería lo que ocurre con algunas plantas -sistemas complejos- cuando una vez que han alcanzado condiciones óptimas de intercambio con el exterior (luz, agua, en particular), son cambiadas de lugar a sitios donde hay, digamos, más luz. La planta en cuestión, casi seguramente reducirá el tamaño de sus hojas o floreará con más o menos frecuencia, etc. Es decir, el sistema complejo en cuestión -la planta- llevará adelante por sí misma procesos de regulación de sus intercambios internos -logrando auto-transformarse- a fin de equilibrar sus intercambios externos, dadas las nuevas condiciones generales (internas y externas); nótese que la capacidad autorregulativa empuja simultánemante al sistema -en el ejemplo- a conservarse y a transformarse o, más bien, a transformarse para conservarse. En caso de no lograr un nuevo equilibrio, seguramente la planta morirá o, para ponerlo en los términos que estamos utilizando cesará su estabilidad dinámica.

Con estos elementos, que dan una idea muy general de aquello a lo que se alude en ciencias naturales con el término “autorregulación”, avancemos hacia ciertos usos posibles de dicho término para indagar en cuestiones sociales y políticas.

III

Para considerar la pertinencia de utilizar el término autorregulación en cuestiones sociales y políticas, conviene brevemente discutir si es posible y conveniente pensar los sistemas sociales como sistemas complejos y, más aún, como sistemas vivos. Tal perspectiva política y sociológica resulta bastante novedosa y, hasta el momento, en su carácter sistémico ha sido abordada sobre todo por dos autores conocidos: Niklas Luhmann y Jurgen Habermas[2]. No entraré a discutir el conjunto de supuestos y resultados que las teorías de tales autores ofrecen. Me limitaré a sostener el argumento de que la perspectiva de los sistemas complejos, de sus capacidades autoorganizativas y autorregulatorias ofrecen un conjunto coherente de metáforas que, desde la biología y la fisicoquímica nos pueden permitir zanjar dificultades profundas heredadas de una sociología y una ciencia política construidas dentro del paradigma mecanicista -con su analítica de los elementos constitutivos y sus rígidos principios y conexiones causales.

En tal sentido, considero que hay ámbitos relevantes de la dinámica de la vida política y social cuya comprensión y explicación de fondo resulta fortalecida si utilizamos la herramienta conceptual que nos aporta la teoría de la complejidad y, en particular, la noción de autorregulación. No se trata, por supuesto, de traslapar acríticamente el acervo de conocimientos que se genera en otras disciplinas para intentar dar cuenta de las mucho más complicadas dinámicas sociales y políticas. Sin embargo, si se trata de no desconocerlas y, sobre todo, de estudiar y valorar qué tanto resultan pertinentes y útiles para los fines de comprensión de ciertos aspectos de los fenómenos políticos y sociales que bajo otras perspectivas sencillamente parecen no encontrar explicación. Por ejemplo, en lo relativo a la reciente recuperación de la noción de autonomía que guía el quehacer social y político de un grande y heterogéneo abanico de acuerpamientos sociales: ¿puede la noción de autorregulación aportar perspectivas políticas? ¿sirven los aportes de la teoría de los sistemas vivos como caja de herramienta para precisar y abordar dificultades específicas? En mi opinión la respuesta a las dos preguntas anteriores es afirmativa. Presentemos, a modo de esquemático ensayo de lo anterior un ejercicio de análisis desde esta perspectiva; no para discutir su verdad o falsedad sino para evaluar la eventual potencia explicativa de dicho marco conceptual.

Consideremos el conjunto polimorfo y variado de los muy diversos tipos de entramados comunitarios en los que ocurre la vida social y política de conjuntos amplios de hombres y mujeres. Deshagámonos por un momento de la idea central de individuo para situar a cada hombre o mujer particular como elemento singular inscrito en una red de relaciones en las que no sólo nace, sino dentro de las cuales se desplaza a lo largo de su vida singular. Pensemos ahora tales entramados como complejos sistemas vivos que despliegan reiteradamente una dinámica de intercambios tanto a su interior como con el exterior de sí mismos. En mi opinión esto resulta un ejercicio fértil, si de lo que se trata es de entender determinadas dinámicas sociales y políticas, durables en el tiempo -ie, minimamente estables-, que no se ciñen -o al menos no se subordinan plenamente- a las lógicas económicas y políticas del capital y del Estado -considerado un hipotético exterior con el cual, sin embargo, continuamente se realizan intercambios materiales y simbólicos; intercambios y dinámica internos, entonces, que no se realizan plenamente al margen de estas últimas lógicas. Ahora bien, pensadas las cosas así resulta pertinente rastrear la dinámica de los intercambios materiales y simbólicos que ocurren en tales entramados y entender a partir de ello la tensión conservación-transformación que por lo general exhiben.

Además, una noción útil es indagar en la capacidad de estabilización de dicha dinámica interna -que es autoproductora de vínculos, ie, auto-organizadora- y para ello, requerimos analizar los vías y recursos para su autorregulación interna. Por ejemplo, la antropología nos brinda una gran cantidad de descripciones del conjunto de acciones e intercambios que se realizan en comunidades indígenas, y que suelen conocerse bajo el término “economía de prestigio”. Describen sistemas de intercambio de bienes y de reconocimiento que, por lo general, se realizan como elemento cohesionador de la comunidad y mediante los cuales, también, muchas veces se llevan a cabo ajustes redistributivos entre los propios miembros. Todo esto puede muy bien ser leído como conjuntos de prácticas sociales que describen una dinámica de conservación del grupo; y a través de las cuales se regulan los cambios y modificaciones generadas dentro de sí. Nos describen pues, modalidades específicas de autorregulación interna de la comunidad en cuestión; las cuales, además, casi siempre se guían por alguna finalidad -implícita o explícita- de producción o re-producción de aquello que sea común al conjunto de componentes del sistema en cuestión.

Quedan muchas preguntas en el tintero: la primera de ellas acerca de la posibilidad de que la auto-organización y las capacidades autorregulativas que la acompañan -que emergen de la acción misma de auto-organización y en cierta medida la establecen- pueda ser pensada-planeada mediante ejercicios reflexivos antes de su surgimiento, o si son propiedades auto-estabilizadoras específicas que brotan -emergen- a fin de conservar la dinámica de un sistema que comienza a auto-producirse. No es cuestión, pues, de descartar la potencia de la razón y de la  capacidad reflexiva típicamente humana, sino que se trata de marcar y discutir sus límites. En todo caso, una perspectiva como la que se viene bosquejando brinda herramientas para, más bien, estar alerta para distinguir y visualizar el contenido de ciertos fenómenos sociales que, desde otras posturas teóricas sencillamente se ignoran y desconocen.

Hay muchas más preguntas que pueden ser pensadas desde esta clave: es posible pensar al capital y su potente lógica auto-reproductiva -generalizadora- con estas herramientas, e incluso ¿existe una lógica autorregulatoria de los mercados tal como enuncia la creencia política liberal?

En todo caso, la noción de autorregulación como dinámica de la autonomía, ligada a la comprensión de ciertos sistemas complejos, puede contribuir a abordar viejas preguntas desde nuevas perspectivas y aporta nociones, quizá, más fecundas.

Uno de los primeros usos del término “autorregulación” se remonta al estudio de los llamados sistemas cibernéticos. Sin embargo, hay otros ámbitos del uso de la noción de autorregulación que conviene tener en cuenta, por ejemplo, la conceptualización del mercado -en la economía política clásica- como un sistema autorregulado que se estudia frecuentemente de manera lineal -ie, no compleja. Esta idea ha vinculado una basta cantidad de conocimiento sobre la dinámica de los sistemas al desarrollo del capitalismo y a los enfoques teóricos predominantemente pro-capitalistas. La llamada “ley de la oferta y la demanda”, por ejemplo, consiste en la descripción parcial de la dinámica ideal en un sistema lineal de intercambios afirmando la necesidad de su autorregulación: los precios de los productos a ser intercambiados en un mercado oscilarían en torno a un precio de equilibrio que se produciría a partir de que a mayor oferta habría una disminución del precio individual de cada producto, lo cual tendría como efecto regular a la larga la abundancia en la oferta. O, repasando el mismo fenómeno desde el lado de la demanda, la “ley” establecería que dado un aumento de la demanda de algún producto se produciría un aumento de los precios lo cual acarrearía un aumento en la oferta -en tanto habría más productores interesados en producir el bien o producto demandado, lo cual, igualmente a la larga, alcanzaría una satisfacción de la demanda y acarrearía una disminución de los precios. Tal como puede notarse, la noción de autorregulación aquí expuesta intenta abarcar y esclarecer procesos dinámicos -el intercambio mercantil, en el caso anterior- que ocurren en el tiempo. Sin embargo, en el ejemplo anterior se trata de una dinámica lineal, esto es, donde la relación causa-efecto es inmediata y donde no se estudia la complejidad -ie, la calidad de los vínculos establecidos entre todos los elementos del sistema- sino que, de manera analítica se reducen los intercambios para entender la lógica que guía cada paso binario, ie, un elemento con otro, desconociendo de este modo la lógica global de aquello que se produce en el sistema en su conjunto. Es justamente en este sentido que desde la perspectiva aquí sostenida, pensar que operará un sistema de autorregulación en un sistema lineal concebido de esta manera es claramente falso.

Sin agotar la discusión sobre los usos que ha tenido la idea de autorregulación dinámica, conexas con el avance y conceptualización de la lógica interna del capitalismo, cabe contrastar el rechazo a la idea de autorregulación de la que ha hecho gala, también, cierta tradición socialista y/o comunista o, en general, centrada en las políticas y dinámicas estatales. La cuestión, esquemáticamente, puede ser planteada así: podemos pensar, entender o imaginar procesos de autorregulación al interior de la vida social; o necesariamente debemos pensar en formas de regulación -ie, de ajuste y control exterior- de tales asuntos.

Las teorías económicas clásicas y neoclásicas consideran que la producción capitalista y el intercambio mercantil de productos puede pensarse como un conjunto de dinámicas autorregulables, y de ahí la exigencia liberal -que es la forma política concordante con tales teorías económicas- de una supuesta exclusión del estado en los asuntos que tengan que ver con la producción y el comercio. En contraposición a otras posturas políticas estado-céntricas que sugieren la necesidad -y posibilidad- de regulación exterior de los aspectos económicos de la vida social. Y de ahí las teorías políticas “intervencionistas”, “regulacionistas” y, en general, la creencia de que “desde el Estado” se puede regular -y planificar- la vida social.

Si hemos de pensar las posibilidades de autorregulación satisfactoria de la vida social, necesitamos criticar ambas posturas y, además, tal extremo es necesario pues, como señalamos al comienzo, la autorregulación sería, en términos generales, ante todo una dinámica de la autonomía. En tal sentido los teóricos de la economía liberal tienen cierta razón cuando bosquejan los bucles autoequilibrantes de la economía mercantil como una auténtica ley (de la oferta y la demanda): en la medida en que el valor de cambio de los productos -convertidos en mercancías- se autonomiza bajo la forma dineraria que adquiere la posibilidad de fungir como equivalente general en todos los intercambios; tal autonomía de la moneda junto a la dinámica de los intercambios despliegan una tendencia, en condiciones ideales, hacia la autorregulación y el equilibrio. La falsedad del argumento es que, insistimos se trata en este caso de una dinámica lineal que no considera la globalidad compleja del sistema y el conjunto de bucles autorreforzanes que también emergen a partir de la dinámica del capital, que pueden visualizarse en las dinámicas de ilimitada concentración privada de recursos finitos lo cual necesariamente significa, entre otras cosas, bucles autorreforzantes de desposesión en otros ámbitos del sistema en su conjunto. El ejercicio explicativo anterior, insisto, no tiene la finalidad de establecer unos términos distintos para analizar la verdad o falsedad de las afirmaciones que presenta; más bien, se trata de exhibir o bosquejar posibilidades distintas de comprensión de los asuntos sociales y políticos.

 Notas

[1]  “Los sistemas complejos se caracterizan pues por su comportamiento rico [no lineal] y por la emergencia de auto-organización: de sus muchos elementos interrelacionados emergen o se organizan aspectos no esperados, que rompen las rutinas y expectativas ordinarias. Abundan tanto en las ciencias naturales (Física, Biología, Química) como en las ciencias sociales (Economía, Sociología)”. Ver, http://sc.fisica.edu.uy/?q=es/node/2

[2]  Tanto Luhmann como Habermas tienen un amplio trabajo sobre la temática de la teoría de sistemas aplicada a cuestiones sociales. El asunto que, brevemente y desde mi perspectiva, no es contemplado por su perspectiva es lo relativo a la inestabilidad dentro del sistema; esto es, considero que tanto Luhmann como Habermas piensan a la sociedad como un sistema y se buscan a responder a las cuestiones de cómo tal sistema puede alcanzar la estabilidad. Abordan pues, lo relativo a la inestabilidad interna del sistema como algo a conjurar. Una perspectiva contrapuesta a ello, muy bien podría plantearse los asuntos relativos a la transformación de los sistemas sociales para lo cual requeriría adoptar el punto de vista de la inestabilidad. Es claro sin embargo que la noción de “cambio dinámico” en la clave que señala la teoría de los sistemas complejos resulta muy distinta a la clásica idea de “revolución” anidada en un marco conceptual emparentado con el mecanicismo. Claramente, esta es otra discusión.

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