Sobre temporalidades comunitarias

Huascar Salazar Lohman

Repensar la política en clave comunitaria hace parte de las apuestas que tratamos de discutir en este espacio. En el anterior “tema de discusión”, Raquel nos planteaba dos ejes para pensar la manera en que hombres y mujeres, desde las luchas comunitarias, intentan modificar las determinaciones del orden de dominación y que tiene que ver con la capacidad de establecer límites desde un saber práctico; lo cual no es simplemente una estrategia política de resistencia inmediata, sino que hace parte del despliegue fáctico de una forma de vida y de una manera de apropiarse material y simbólicamente del mundo.

Ahora bien, considero que parte de la discusión que en este espacio se intenta profundizar tiene justamente que ver con esto, con repensar lo político en clave comunitaria, y no simplemente en pensar las acciones colectivas comunitarias desde los marcos interpretativos de la teoría política clásica que tienden a centrar el foco de atención en el estado. Es decir, realizar un esfuerzo por reconceptualizar lo político para coadyuvar en la producción de un sentido común de disidencia en el que estas formas enterradas y muchas veces desprestigiadas de hacer política posean no sólo una legitimidad discursiva que permita disputar las maneras tradicionales de entender lo político sino que, principalmente, se vayan elaborando instrumentos conceptuales para potenciar las luchas que emergen desde estos entramados y desplegar aún más su capacidad de poner límites al orden de dominación.

Este repensar lo político en clave comunitaria conlleva distintos niveles de discusión, desde los más generales hasta los más concretos del quehacer político. En este momento me interesa poner en discusión una cuestión bastante general: el problema del tiempo y de los ritmos de las luchas comunitarias.

Sucede que estamos acostumbrados a pensar y sentir el tiempo a partir de las relaciones sociales que surgen desde la dinámica del capital y en buena parte mediatizadas por el orden de dominación sintetizado en el estado. Al igual que el proceso de acumulación ampliada del capital, que siempre tiende a acelerar las líneas de producción y a inmediatizar el consumo ‒aunque no lo logra y por eso sucede aquello que conocemos por sobreproducción‒, gran parte de nuestras actividades humanas están regidas por esos tiempos, desde adquirir una disciplina cotidiana que se articula de una u otra forma a la acumulación de capital, hasta la manera en que se gestiona, en términos macro, las economías del mundo ‒piénsese, por ejemplo, en todos aquellos indicadores abstractos de evaluación de crecimiento económico para evaluar el desempeño temporal de la economía (PIB, IED, etc.)‒.

Pero debe entenderse que esta forma de concebir los tiempos no es algo que emerge naturalmente, sino que hace parte de un proceso histórico sustentado en una violencia sistemática de disciplinamiento para funcionalizar la producción y reproducción humana a las necesidades del capital.[1] La economía del capital es la economía del principio y del fin: se produce, se vende, se consume y se inicia el ciclo nuevamente, la clave está en que entre punto inicial y punto final del ciclo el tiempo se haga cada vez más corto; mientras todo vaya más rápido hay más acumulación. El problema es que ésta dinámica impregna a la sociedad en su conjunto y a la forma de llevar adelante la vida humana; tendemos a ver el corto plazo, lo inmediato, como una serie de procesos que empiezan y terminan, y donde cada individuo (de manera individual ‒valga la redundancia‒) se convierte en propietario de su tiempo para sobrevivir como trabajo-mercancía.  Así pues, cuando el tiempo se convierte en un problema individual y cuando, además, tiende a acelerarse, el resultado es que nos vemos inmersos en una profunda ansiedad porque nos volvemos incapaces de mirarnos en los tiempos de largo plazo, en los cuales nuestro tiempo se funde con el de los demás. Por esto es que nos seducen los modelos teleológicos, órdenes sociales preconcebidos que parecieran poder alcanzarse (nuevamente) de manera inmediata: son ansiolíticos altamente efectivos.

Entonces, si lo que queremos es empezar a pensar lo político en clave comunitaria, me parece que en términos de la temporalidad del hacer político es importante repensar dos cosas (no las únicas, pero que en este momento se me ocurren como fundamentales): en primer lugar, necesitamos dejar de pensar el tiempo social de manera lineal, me explico, no hay tiempos históricos desfasados, no hay pasados que se cuelan al presente, no hay resabios de tiempos antiguos. El discurso de la modernidad nos plantea la historia humana como la secuencia de una serie de etapas, donde la “más” moderna ‒tanto para seguidores como para detractores‒ es la etapa del capital, situándose a las sociedades comunitarias como sociedades “pre”-capitalistas, es decir como algo que es anterior al capital pero que tendencial y naturalmente se convertirá en una sociedad del capitalista ‒y si no, para eso está la idea del “desarrollo”‒, pero en tanto esto no suceda, se concibe que éstas sociedades están desfasadas temporalmente. Me gusta más la idea de Gilly, la de pensar que ambas historias (la comunitaria y la del capital) se encuentran profundamente entrelazadas pero “son dos esferas, dos historias, dos políticas diversas entre sí”, y por tanto la existencia de sociedades comunitarias en el presente no tiene nada de artificialidad (en el sentido de no correspondencia) o de retraso, sino que es la presencia de una forma de vida totalmente legítima del presente y que más bien la resistencia y lucha de sus mujeres y hombres ha permitido su presencia en estos tiempos, puede que en gran medida de manera subordinada al capital, pero nunca completamente.

En segundo lugar, en ese presente comunitario la manera de producir y reproducir material y simbólicamente la vida se distingue claramente de la manera en que el capital lo hace. Los horizontes comunitarios son de largo plazo, lo que no invalida la preocupación por la coyuntura o por lo que sucede en este instante, pero importa como parte de un flujo temporal de largo aliento. Desde esta forma de hacer política no existe una división entre política y reproducción de la vida (entre lo público ‒estatal‒ y lo privado ‒mercantil‒), la política emerge de la reproducción, la política es resultado de resguardar, garantizar y amplificar la reproducción social, por eso es que los tiempos no siempre están destinados al enfrentamiento directo contra la dominación; están los tiempos de producir los medios de subsistencia material (si no se cuenta con esa autonomía, no se puede decidir sobre lo que uno hace con el tiempo), están los tiempos para profundizar simbólicamente las relaciones comunitarias (porque las relaciones sociales no son meras relaciones económicas), están los tiempos de acumulación de fuerzas, los tiempos de discusión colectiva, etc. Estos tiempos pueden estar entrelazados o no, pero estos tiempos “toman su tiempo” y se les dedica energía humana ‒esto saca de quicio al capital: es energía que no produce plustrabajo o por lo menos no en su totalidad‒. Así pues, sembrar, reunirse, festejar y salir a las calles a luchar, no son actividades independientes, son actividades vitales para reproducir la vida, cada una de ellas y todas juntas hacen parte de una sola lucha y por tanto pueden entenderse también como actividades políticas.

Si pensamos la política en clave estatal y por tanto desde los tiempos del capital, las luchas comunitarias aparecen como luchas desordenadas en el tiempo ‒y, justamente, desordenadoras del tiempo del capital‒, parece como si fueran luchas que muchas veces no responden a lo que desde el estado pareciera apremiar, como luchas que no se plantean “etapas” de transformación social… y puede que sea cierto cierto, porque las luchas comunitarias no están planteadas en clave estatal, sino que más bien tienden a establecer límites desde saberes prácticos, desde esa otra forma de hacer política. Pero, si todo lo anterior tiene sentido, entonces la pregunta que me queda es ¿cómo el establecimiento de esos límites puede volverse también una política comunitaria de largo aliento, es decir, que sea duradera en el tiempo?, ya que como sabemos, ante cualquier “distracción”, aquellos límites pueden quedar abruptamente perforados por la dinámica del capital y del estado.


[1] En este momento no profundizo al respecto, pero se puede consultar el trabajo de E.P.Thompson: “Tiempo, disciplina de trabajo industrial y capitalismo industrial” y para ahondar sobre el proceso de violencia contra las mujeres en el proceso de acumulación originaria del capital, ver el trabajo de Silvia Federici: Calibán y la bruja. 

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